
Anécdota de la educación católica en casa
Quería compartir con vosotros una muy breve anécdota que sucedió el viernes pasado en clase con los niños de A. . Desde hace unos meses Dios me concedió la gracia de conocer esta bendita forma de educación en casa. Entendí que el eje, el motor y el objetivo era únicamente Dios. Todo para Dios. Todo para gloria de Dios pues se educa por Él y para Él...
No voy a detallar cómo la Providencia Divina me llevó a casa de esta familia que tanto ama al Señor ni cómo comencé a darles clase de matemáticas. Tampoco voy a explicar la hondísima huella que están dejando en mi vida espiritual, ni de qué forma los niños -la familia en su conjunto- están siendo para mí un regalo inmenso enviado por Dios. Siento que soy una indigna y privilegiada espectadora ante la vocación sagrada de esta familia que, convencida del amor que reciben de Dios, ha optado por subir a la barca del Señor sabiendo de Quién se han fiado...
Yo simplemente doy gratis lo que recibí gratis. Cada día que compartimos en clase los niños y yo lo ofrecemos a Dios y a la Virgen para que ellos modelen nuestras almas, para gloria de Dios y bien de la Iglesia.
Paso ya a relataros la simpática anécdota del viernes pasado. Estaba repasando con el niño de 7 años los números romanos y tenía que realizar un ejercicio en el que se le pedía que escribiera en números romanos qué día de la semana era el martes. A lo cual me respondió: "El martes es el tercer día, ¿no? Porque el primero es el domingo".
La madre y yo nos miramos sorprendidas, sonriendo. Le dijimos al niño que tenía toda la razón, su respuesta era correcta. Pero que supiera que, por lo general, las personas dicen que el primer día de la semana es el lunes porque es el día en que empiezan a trabajar los padres, los niños el colegio...
El niño tiene razón: el primer día de la semana es el domingo. Él reza la liturgia de las horas y sabe que la semana del salterio comienza en domingo, con las vísperas del sábado por la tarde.
Este es el resultado de alimentar el alma de un niño con la suavidad, ternura y verdad de la doctrina católica.
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